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Publicado el 10 de Agosto, 2006, 16:36. en General.
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  El control de la eyaculación
      El budismo tántrico y el taoísmo exigen el control absoluto de la
eyaculación, que en principio no debería suceder jamás, mientras que
los maestros indios la aceptan a veces.
  Sabemos que la retención del esperma permite al hombre prolongar
indefinidamente el acto, intensificarlo hasta el paroxismo, para llegar así
al verdadero orgasmo y acceder a niveles de conciencia superiores, que
la eyaculación impide. Esta proeza requiere un control génito-urinario
absoluto, especialmente de los esfínteres. Para lograrlo, un
procedimiento muy bueno consiste en orinar por escalones sucesivos, más que en un
solo chorro, como todo el mundo.
  ¿Cómo? Es fácil, siempre que se respeten las reglas. Se suelta un
poco de orina durante uno o dos segundos, luego se para, se retiene unos
segundos (cinco o seis), luego se deja salir otro chorro parsiomonioso,
y así hasta que la vejiga está vacía.
  Durante la retención, uno imagina que reabsorbe la orina en la
vejiga, haciendo un enérgico «mula bandha», es decir, contrayendo fuerte y
simultáneamente los dos esfínteres así como el músculo elevador del ano,
lo cual produce una sensación particular, difícir de describir, con
frecuencia acompañada de estremecimientos a lo largo del espinazo. En
suma, basta con intensificar lo que se hace espontáneamente cuando no se
puede satisfacer una necesidad imperiosa de orinar. En cuanto al número
de chorros, variará mucho de una micción a otra; en principio se trata
de intercalar un máximo de escalones, en general de cinco a diez.
Practicada regularmente (como una simple costumbre), esta técnica, al alcance
de todos, facilita mucho el control de la eyaculación.
  Hasta aquí hemos puesto el acento en la contracción de estos
músculos, cuya acción se puede verificar fácilmente: al contraerlos
voluntariamente durante una ereccíon, el lingam se mueve y se acerca al cuerpo.
Sin embargo, para controlar la eyaculación, hay que pensar en distenderlo
voluntariamente cuando se acerca el punto límite.
  Para ejercitarse, preferentemente durante una erección, hay que
contraer al máximo estos músculos con un «mula bandha» los más apretado
posible, hasta que eventualmente un temblor recorra el espinazo. Luego -y
aquí está lo esencial del ejercicio- hay que distenderlos:
inmediatamente disminuye la tensión en el lingam, que se aleja un poco del cuerpo.
Después hay que volver a contraerlos durante algunos segundos y
distenderlos seguidamente, insistiendo sobre todo en la distensión. Acentuando
la fase de distensión y prolongándola, la erección se debilita y
termina incluso por desaparecer.
  Este procedimiento puede ser utilizado ya en el próximo contacto
sexual. Al principio, este control, que se adquiere fácilmente, se hace
permaneciendo inmóvil; luego esta relajación muscular se hará incluso
durante los movimientos coitales. Es muy eficaz para alejarse de la zona
límite, y evitar así la eyaculación.
  Si Shiva observa sus propios comportamientos reflejos cuando se
acerca la eyaculación, además de la alteración del ritmo y de la amplitud de
la respiración, observará una fuerte tensión en los músculos de las
nalgas, del vientre, de la parte inferior de la espalda y del lingam. Si
se deja ir, como es lo usual, se desencadenará el irreprimible reflejo
eyaculatorio, en el que participan todos esos músculos.
  Entonces, para retrasar o impedir la eyaculación, hay que controlar
cuando se acerca el punto límite, la respiración, como ya se ha
indicado, y -sin inmovilizarse necesariamente- hay que pensar en todos esos
músculos y relajarlos. Gracias a esa relajación, sus movimientos se
vuelven más flexibles, más armoniosos, y su ritmo resulta más agradable para
Shakti. Pero es la relajación de los músculos del lingam lo que más
ayuda a dominarse: la erección se debilita un poco, y después de abandonar
la zona peligrosa, la experiencia puede continuar.
  Con la práctica, el tántrico podrá dejar libre curso a Shakti hasta
su éxtasis último, evitando acercarse demasiado al punto limite, sobre
todo al comienzo. Identificándose con ella, participará en su goce, y su
propia felicidad superará, de lejos el demasiado breve placer
eyaculatorio. Este estadio ya es muy superior a lo que experimienta el hombre
corriente, aunque todavía no constituye el acmé absoluto.
 
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